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Alguna vez pregunté en Twitter cuál era la necesidad de hacer juicios sobre el físico de las mujeres y reducirlas solo a eso, a su apariencia. Qué no me dijeron. Me llovieron insultos, amenazas y no pararon de decirme Feminazi.

Hacer investigación sobre trabajo doméstico y discriminación racial desde el privilegio

Valentina Montoya Robledo

Profesora Asistente de la Universidad de los Andes

“Valentina es abogada y politóloga de la Universidad de los Andes. También es doctora en derecho de la Universidad de Harvard. Actualmente es profesora asistente de la facultad de derecho de la Universidad de los Andes. Le interesan los temas de género, planeación urbana, movilidad, derecho administrativo y derechos humanos.”

Septiembre 24, 2021

Soy blanca, blanca como la leche, casi transparente, con pecas que cubren mi cuerpo. Supe que era blanca cuando el sol me quemaba y me ponía la piel en llamas y mi mamá me perseguía para ponerme el protector solar. Crecí en Manizales, una ciudad muy blanca. Tan blanca que, de acuerdo con el censo de 2005, solo el 0,9% de la población se identificaba como afrodescendiente.[1] Pasaría mucho tiempo para descubrir que esa blancura tenía un significado social y venía aparejada de unos privilegios. Y, además, para descubrir que ser una mujer blanca y privilegiada es completamente diferente a ser una mujer negra en un país como Colombia.

Varias cosas me pasaron a los 11 años. Tal vez la principal fue descubrir el sufrimiento masivo y las violaciones de derechos humanos cuando nos dieron un módulo intensivo en el colegio sobre el holocausto judío, luego de que algunos compañeros dibujaran esvásticas en los pupitres. Aunque no sabía muy bien cómo, en esos meses supe que quería contribuir a construir una sociedad más justa y sin discriminación.

Cuando tenía 18 años, llegué a Bogotá y empecé a estudiar Derecho y Ciencia Política. En segundo semestre, en una clase de Ciencia Política, conocí el trabajo feminista de Isabel Cristina Jaramillo, y con ello se abrió un mundo insospechado. Eso que yo sentía, la injusticia de ver a las mujeres que me rodeaban bajando la cabeza, cuidando y limpiando, a cambio o no de una remuneración económica, y con muy poca voz, se empezó a hacer tangible en las luchas feministas. Pronto decidí dedicarme a estudiar grandes violaciones de los derechos de las mujeres, sus luchas, sus dificultades y su resiliencia. Escribí mi tesis de Ciencia Política sobre migrantes que iban a España a ejercer el trabajo doméstico, y, de la mano de la maravillosa Suzy Bermúdez, entendí que no existe “la mujer” sino “las mujeres”, y que la experiencia de las blancas como yo, aunque dominante en el discurso feminista, ni de lejos representa las opresiones de otras mujeres.

Luego de trabajar e investigar en varios temas relacionados con derechos de las mujeres encontré las ciudades, y con ello la movilidad de las trabajadoras domésticas como mi tema de investigación doctoral y que continúo estudiando hoy en día. Con un grupo de estudiantes colombianos organizamos todo para que María Roa, presidenta en aquel entonces del sindicato de trabajadoras domésticas afrocolombianas UTRASD, participará como panelista en una conferencia de construcción de paz en un auditorio de la Universidad de Harvard. Llevarla allá fue una odisea. Nos encontramos con resistencias como la falta de recursos porque los financiadores habituales, por fuera de la universidad, no consideraron que un panel con una mujer afrocolombiana y trabajadora doméstica fuera valioso. A la larga fue una experiencia increíble. Abrir este espacio en un lugar de tanto privilegio fue una oportunidad única para que ella misma contara su historia, y las historias de otras como ella – 17 millones en América Latina – desde la dignidad y el deseo de construir una sociedad en paz. Pero claramente hablando de una opresión que muchos vemos en nuestras propias casas y en nuestras instituciones sin tomar cartas en el asunto.

En 2017, habiendo leído sobre segregación y desigualdad urbana, llegué a Medellín a realizar mi trabajo de campo y a trabajar con UTRASD. Llevaba mi cuestionario de entrevista debidamente aprobado. Empecé a preguntarles a muchas miembros del sindicato cómo eran sus recorridos, sobre las violencias que experimentaban en los buses, si sufrían acoso sexual. Comenzaron a responder sobre experiencias persistentes de discriminación racial que yo no había contemplado en mi cuestionario. Usuarios del transporte que, en medio de buses hacinados, se alejaban de ellas porque “no se querían untar de negra”; también estaban aquellos que se negaban a darles un asiento, aunque estuvieran en embarazo, por el color de su piel; e incluso una mujer afro, profesora de la Universidad de Antioquia, a quien un usuario del metro le preguntó que cuánto cobraba el día porque para él, ser trabajadora doméstica era su único destino.

Yo, una mujer blanca y privilegiada, me había aproximado a este estudio sin considerar la discriminación racial. Pese a que llevaba un tiempo en Estados Unidos, donde el tema de la violencia contra comunidades racializadas es pan de cada día, y aunque cada vez que abría la boca para comprar un café decían no entender mi inglés marcado por mi acento paisa, lo cierto es que en mi aproximación a la movilidad de las trabajadoras domésticas no había contemplado el racismo. Este sesgo mío, evidentemente basado en mi propia experiencia de movilidad en Colombia en la cual nunca he sido discriminada por el color de mi piel, me abrió de nuevo los ojos frente a la realidad urbana de las mujeres negras en nuestro país. Pero, además, me hizo cuestionar, como en otras ocasiones, mi rol como investigadora académica blanca y privilegiada sobre temas del servicio doméstico.

Me he preguntado mucho sobre cómo hacer investigación ética, feminista y situada. Cómo aproximarme a una causa que no es la propia, porque lejos estoy de ser una trabajadora doméstica. La raza es parte de esa pregunta ¿Cómo entender, analizar y buscar transformar la discriminación racial cuando no la entiendo del todo? Cuando no entiendo lo que significa que personas me teman por mi apariencia y se crucen la calle, o que me tengan asco y no quieran “untarse de negra” ¿Cómo buscar transformar las condiciones de opresión de las trabajadoras domésticas con las que lo único que comparto es el hecho de ser mujer?

Hoy no tengo una respuesta clara frente a esas preguntas, pero sí varias intuiciones que quiero ir fortaleciendo. Tal como lo sentí a los 11 años, quiero buscar una sociedad más justa en la cual se reconozca la vida y el aporte de las personas por siglos invisibilizadas. Tal como a los 19 años, quiero seguir pensando y observando a través de los feminismos y de sus miles de contradicciones. Tal como en el 2015, quiero poner mi privilegio al servicio de los y las demás; especialmente para abrir espacios en los que las trabajadoras domésticas expresen sus vivencias y fortalezcan sus luchas. Hoy lidero el proyecto Transmedia Invisible Commutes, una plataforma para que las trabajadoras domésticas de toda la región cuenten sus propias historias sobre movilidad. Al ser una mujer blanca y profundamente privilegiada en un país donde nos cuesta aceptar el racismo estructural y las opresiones a las que se someten las trabajadoras domésticas en los hogares y en la ciudad, quiero que mi investigación sea un puente a través del cual ellas puedan expresar su subjetividad y dejen de ser invisibles.

 

Editora: Tatiana Mojica

[1] DANE, Boletín Censo General 2005 perfil Manizales en: https://www.dane.gov.co/files/censo2005/PERFIL_PDF_CG2005/17001T7T000.PDF

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