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Hasta hace sólo unos cuatro años me di cuenta de la importancia del feminismo y de los estudios de género tanto en la academia como en mi vida. Me da vergüenza decirlo, pero es así. Aunque hoy me considero un historiador del pensamiento económico comprometido con las causas y las luchas feministas...

Es tiempo de reconocer nuestros privilegios, de tomar acciones concretas y de pasar el micrófono

Erich Pinzón-Fuchs
Profesor asistente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional

Erich Pinzón-Fuchs es economista de la Universidad Nacional y doctor en Economía de la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne. Estudia la manera en que las representaciones de género afectan la producción de conocimiento económico, la historia del pensamiento económico reciente y la filosofía económica. Actualmente es profesor asistente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional.

Junio 17, 2021

Hasta hace sólo unos cuatro años me di cuenta de la importancia del feminismo y de los estudios de género tanto en la academia como en mi vida. Me da vergüenza decirlo, pero es así. Aunque hoy me considero un historiador del pensamiento económico comprometido con las causas y las luchas feministas, mi entrenamiento formal tanto en el pregrado, como en la maestría y el doctorado fue en economía. Hoy es evidente para mí que mi formación como economista fue responsable, en buena parte, de que no pudiera ver antes la importancia de los problemas de discriminación de género como parte fundamental de mi quehacer como economista y de mi vida. Mi formación de pregrado fue accidentada y variada, ya que pasé por tres facultades de economía diferentes: la de la Universidad de Bonn, la de la Universidad Externado y la de la Universidad Nacional. Sin embargo, a pesar de lo diferentes que podían parecer estas facultades entre si, todas tuvieron algo en común: en ninguna de ellas tuve la oportunidad de pensar seriamente en los problemas de discriminación de género (ni en el mundo ni en la disciplina económica).

A lo largo de mi formación, nunca pensé en la relación que los asuntos de género tenían con la economía, con nuestra profesión, con nuestras herramientas y con la manera en que formulamos políticas económicas. Los cursos que se atrevían a discutir problemas contemporáneos y a reflexionar sobre nuestra disciplina, estaban muy ocupados tratando de entender lo que había pasado con la crisis de 2008-2009, de explicar qué había fallado en los modelos macroeconómicos que nos habían impedido ver la crisis y con la “exagerada matematización” de la economía y el “autismo” de la disciplina, y denunciando la codicia del mundo financiero de Wall Street y su comportamiento anti-ético. Pero todo esto se presentaba como si nada tuviera que ver con las representaciones de género; como si las representaciones de una masculinidad específica no estuvieran relacionadas con la manera en que se construye ese mundo de Wall Street y de lxs economistas “dominantes” de EEUU., con las preguntas que nos hacemos lxs economistas, con los métodos que usamos o con las recomendaciones de política que terminamos proponiendo.

Afortunadamente el mundo ha cambiado muy rápidamente en estos últimos cinco años y el género que estaba ausente en casi todas las discusiones (de economía), hoy resulta imprescindible para entender nuestra realidad. En el 2008, no era común ver que lxs economistas y el público en general estuvieran preocupadxs por los efectos diferenciales de la crisis en términos de género. Obviamente había muchas personas trabajando en estos temas (¡incluso economistas!), pero estas preguntas eran vistas como marginales. Lo que importaba en esa época era salvar a los bancos y a los países de la banca rota y tal vez intentar evitar los desahucios en España y la crisis social en Grecia. Hoy es impensable intentar siquiera entender, estudiar o resolver la crisis causada por el COVID-19, sin tener en cuenta los efectos diferenciales que la pandemia ha traído para hombres y mujeres, para diferentes tipos de mujeres y hombres, y para las personas que pertenecen a comunidades campesinas, indígenas, afrocolombianas o a la comunidad LGBTI+. Esta preocupación hace parte no sólo de las preguntas que nos hacemos lxs académicxs, sino que está presente en los debates y discursos políticos y en las mentes y en las vidas de cada ciudadanx, tanto en Colombia como en la mayor parte del mundo.

Ese cambio que se visibilizó con el movimiento #MeToo a nivel internacional y, a nivel nacional, con las discusiones sobre el enfoque de género del Acuerdo de Paz, coincidió también con mis últimos años de doctorado y mis primeros años como investigador postdoctoral de economía en la Universidad de los Andes y luego como profesor en la Universidad Nacional. Estos años fueron para mí el momento en que consolidé mi identidad académica como historiador del pensamiento económico y donde, motivado por ese contexto global, por la influencia del movimiento feminista y por discusiones con personas cercanas como mi pareja, mi madre, mis amigas y colegas, tuve la oportunidad y sentí la necesidad de reflexionar (y actuar) seriamente sobre la discriminación basada en género.

De estas reflexiones he aprendido varias lecciones importantes. La primera, es que el género no es un asunto de “mujeres”, sino que es un fenómeno complejo y generalizado que consiste en la representación (social y cultural) de lo femenino y lo masculino. Además, el género es una categoría de análisis y una pregunta empírica abierta que debe entenderse como una construcción social situada históricamente. La segunda lección es que lo masculino no es la norma (como nos han querido y siguen enseñando) sino que también es un género, que hay muchas masculinidades y, sobre todo, que, al ser construidas e históricamente situadas, las representaciones sobre las masculinidades son susceptibles de ser de-construidas y cambiadas. La tercera lección es que el análisis de género es y debe ser necesariamente político. El análisis de género que no se atreve a cuestionar ni a cambiar el status quo es simplemente estéril y carece de sentido. Este debe ir siempre acompañado del feminismo y debe, en ese sentido, propender por la transformación profunda de valores sociales y culturales, por la lucha contra todo tipo de opresión y por la construcción de una sociedad mejor. En este sentido, la cuarta lección es que el feminismo no se trata de una lucha de “mujeres contra hombres”, sino que se trata de una lucha social, política, intelectual, personal, colectiva y cotidiana que busca construir una mejor sociedad, incluyente, en donde quepamos todxs verdaderamente y donde todxs seamos más felices y libres. Sin embargo, y esta es la quinta lección, aunque creo que los hombres somos parte fundamental de esta profunda transformación y de esta lucha, no debemos ni podemos apropiarnos del discurso feminista ni tampoco debemos intentar tomar el protagonismo de una lucha que le pertenece a las mujeres, a las personas que han sido invisibilizadas históricamente y que han dado sus vidas por esta lucha. Así, la sexta lección es una lección que me enseñó Laura Ramos, amiga y colega que con sus reflexiones y palabras me ha ayudado mucho en esta reflexión y lucha interna por superar este machismo en el que me crié, me eduqué, fui socializado y en el que sigo viviendo: es necesario que las personas que hemos tenido posiciones privilegiadas históricamente pasemos el micrófono a otras personas para que éstas puedan alzar su voz y sean escuchadas.

Pasar el micrófono, sin embargo, es sólo el primer paso, ya que es necesario aprender a escuchar realmente, a entender y a valorar las ideas, argumentos y conocimientos de esas personas que han sido ignoradas históricamente.

Estas lecciones me han llevado a cambiar mi agenda de investigación, mi forma de enseñar y mi manera de entender la academia y la producción de conocimiento. Me han llevado a que mi pregunta central de investigación consista en entender la manera en que las representaciones de género (y otras relaciones de poder) afectan la forma en que organizamos nuestra disciplina y en que producimos conocimiento económico. Me han llevado también a estudiar qué sucede cuando solamente un tipo de personas (por lo general hombres blancos de clase media-alta o alta) con una trayectoria bastante similar e inconfundible (como el paso por universidades de renombre, sobre todo gringas), unos rituales de entrenamiento, socialización y contratación muy particulares y que en muchos casos reproducen mecanismos discriminatorios, es el único tipo de personas que la disciplina considera idóneo y legítimo para ser llamado economista. Estas son las personas que terminan imponiendo una definición que parece demasiado limitada de los objetos que se encuentra dentro y fuera de las fronteras de la economía y de los métodos que se consideran válidos para estudiar esos objetos. Pero ¿no será que la altísima jerarquización de los departamentos, las revistas y los métodos de economía nos está haciendo perder la pertinencia de nuestro conocimiento y la riqueza y diversidad que podríamos recuperar de otros saberes, visiones y maneras de hacer economía? ¿Qué pasaría si la disciplina valorara otros tipos de evidencia (como la que hoy en día considera “anecdótica”) y si incorporara otros métodos y tipos de conocimientos provenientes no sólo de otras disciplinas sino de personas y comunidades “insospechadas”?

A nivel personal, estas lecciones me han llevado a reconocer que fui educado y socializado dentro de una cultura machista y patriarcal (tanto en Colombia, como en Alemania, Francia y EEUU) y que es necesario hacer un esfuerzo consciente, constante y diario por cambiar las acciones más pequeñas y cotidianas y exigir y ayudar a construir cambios al nivel colectivo e institucional. Superar el machismo de uno mismo y las actitudes patriarcales que se encarnan profundamente y que se manifiestan en nuestro cuerpo, nuestro lenguaje y nuestras maneras de actuar, no es tarea fácil. No basta con cambiar el discurso y ser “políticamente correcto”, como nos pasa demasiado a menudo. Es necesario reconocer la posición social, cultural y económica que tengo como hombre, nacido en Bogotá en el seno de una familia de clase media-alta con demasiados privilegios sociales y económicos y reconocer que esa posición me ha dado un punto de vista particular que ha marcado mi cosmovisión, mi forma de ser, la forma de mi cuerpo, mi manera de hablar y mi identidad. Y, sobre todo, es fundamental entender que por más trabajo que cueste es necesario y posible transformarse personalmente para poder generar y exigir transformaciones al nivel colectivo e institucional.

Estas lecciones también me han llevado a incluir en mis cursos otros tipos de conocimiento, a construir espacios incluyentes en los salones de clase (físicos y virtuales), espacios horizontales que promuevan valores como la confianza mutua, la colaboración, el derecho (y la importancia) de equivocarnos y el respeto por la diversidad y la diferencia. Me han enseñado, por ejemplo, que la participación de lxs estudiantes en clase no consiste exclusivamente en hacerlxs hablar en público. También existen otros tipos de participación con los que otras personas se sienten más cómodas y que consisten, por ejemplo, en participar en un foro virtual, en tener el tiempo suficiente de leer, reflexionar y luego escribir o hacer un video con su reflexión o en escuchar atentamente a sus compañerxs y aprender de ellxs. Me han enseñado que es más importante que lxs estudiantes hagan una auto-evaluación de sus procesos de aprendizaje, en lugar de que tengan que preocuparse por tener un producto final que no refleja la experiencia de haber pasado un semestre entero trabajando sobre un problema específico.

En definitiva, las formas de participación social y académica tradicionales han demostrado tener demasiados sesgos, ser excluyentes y reproducir mecanismos discriminatorios. Es por esto por lo que tenemos que encontrar maneras de entender estas formas de participación y darles el valor que se merecen tanto dentro de los salones de clase como en la sociedad en general. Y, sobre todo, como profesorxs de economía, es necesario que podamos ofrecer una formación para lxs futurxs economistas que tenga al género como uno de sus ejes centrales y la transformación social, política y cultural de nuestro país como el otro eje central. Me preocupa poder ofrecer a mis estudiantes una formación en economía muy distinta a la mía; una formación que les de las herramientas necesarias para entender nuestra compleja realidad social y que les devuelva el sentido político y transformador a sus vidas. Para mí está claro que esa formación sólo la puede dar una disciplina que se tome en serio el género (y la inter-seccionalidad) como herramienta de análisis y la epistemología y la economía feminista como marco metodológico y como un horizonte político que nos devuelva el sentido como científicos sociales.

Estoy convencido de que los cambios que hemos visto en estos últimos años son muy importantes, pero sé que aún falta mucho camino por recorrer. Nos falta entender, por ejemplo, que otras representaciones sociales y culturales y relaciones de poder distintas al género como la etnicidad, la nacionalidad, o la clase, deben ser tenidas en cuenta y visibilizadas a la hora de estudiar y transformar nuestra realidad. Aún nos falta entender que es necesario valorar, aprender e incluir los diferentes conocimientos que históricamente hemos producido localmente en Colombia, desde las regiones, y dejar de mirar solamente hacia el Norte. Tengo la esperanza de que el feminismo, la epistemología feminista y la economía feminista serán fundamentales para cumplir esta tarea no sólo desde la academia, sino desde las comunidades, los movimientos sociales y políticos y desde otras fuentes insospechadas. Creo que el Paro Nacional, que lleva ya casi dos meses, nos muestra que tenemos que sacudirnos y transformarnos como país y academia, y que ese elemento feminista presente en el paro y cada vez más en nuestras sociedades es el que nos permitirá reconocer toda esa riqueza y diversidad que las regiones y las comunidades tienen para ofrecer, y también nos indicará el rumbo hacia el cual debemos orientar nuestros esfuerzos. Hoy más que nunca, es tiempo de que desde la academia reconozcamos nuestros privilegios, tomemos acciones concretas y pasemos el micrófono a esas otras voces de mujeres y de comunidades campesinas, indígenas, raizales, afro-colombianas y de todas las personas que hemos marginalizado históricamente. El feminismo es, en definitiva, la herramienta que nos permitirá abrir nuestras mentes y corazones para escuchar esas otras voces, para transformarnos y para construir una sociedad mejor.

Editora: Tatiana Mojica

***Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de la Pontificia Universidad Javeriana ni a sus patrocinadores.